jueves, 15 de enero de 2009

JUAN ERA UN ALUMNO ENCANTADOR



Siempre con la sonrisa en los labios, muy cariñoso, amable, servicial… Parecía feliz ayudando a los demás, sintiéndose útil, siempre dispuesto a cualquier tarea que se le encomendara. Pero de Juan me preocupaba una enormidad el considerable atraso en su escolaridad. Primero lo achaqué a algún abandono anterior, a cualquier enfermedad que hubiera padecido y que le privó de asistencia durante algún tiempo a las clases… Tenía una bonita letra, pero una pésima ortografía y casi nulo en conceptos… Los trabajos los presentaba limpios, pulcros, cuidados, con muchas ilustraciones y dibujos, como si quisiera compensar con esto la falta de profundidad de su trabajo.
Tardé en darme cuenta de que Juan no disponía de aptitudes para el estudio al tiempo que iba notando que estaba especialmente dotado para el dibujo, la composición artística… por lo que, llegado a esta conclusión, y como siempre actuaba en estos casos, llamé a los padres para comunicarles mi descubrimiento. La frase utilizada por aquellos entonces era “su hijo no vale para los estudios, pero…”, y a continuación de los puntos suspensivos siempre añadía aquella actividad para lo que yo creía dotado al alumno.
Dije a aquellos padres que Juan podría llegar a ser un gran dibujante, que podría trabajar en alguna actividad relacionada con el dibujo. Muy resignados, porque no se figuraban a su hijo “ganándose la vida dibujando monigotes”, aceptaron de buen grado mis recomendaciones de que estimularan al chico en todo lo relacionado con el dibujo.
Dejé aquella escuela y, al cabo de los años, volví para visitar a mis ex alumnos y amigos. Al preguntar por Juan me dijeron que su familia se había trasladado a Valencia y que el chico estaba trabajando en una fábrica de cerámica en la ciudad de Manises, como dibujante. Tomé su dirección y en cuanto pude fui a visitarle. Juan se había transformado en un un apuesto joven y me contó cómo le iba… Me dijo que entró dibujando cerámica, pero que, al poco tiempo le habían ascendido a jefe de taller, por lo bien que realizaba su trabajo. Estaba ocupando un puesto de responsabilidad aquel niño al que le costaba hacer una resta “llevando”.
Lo de menos fue el que, tanto él como la familia, me mostrara su agradecimiento por los consejos que en otro tiempo les dí; fue mucho más el ver la importancia de descubrir en cada alumno sus capacidades y tratar de orientarle lo antes posible.

viernes, 9 de enero de 2009

HA LLEGADO UN ÁNGEL

Ha llegado un ángel

Corrían los últimos años de la década de los 60. Como cada día a las nueve de la mañana, en aquella escuelita a orillas del río Guadalimar, cuyo frescor y aroma tanto nos regalaba en los cálidos días del estío, me disponía a comenzar el duro trabajo de una escuela unitaria, cuando vi aparecer a un hombre curtido por el sol, con un niño de unos seis años en brazos. Al principio me extrañé, pues aquel chico, por mucho miedo que tuviera a su primer día de colegio, no era motivo para su padre lo llevara cargado.
- Aquí le traigo al Ángel, Don Pedro. Tendrá que tener paciencia con él pues, como ve usted, no puede andar; pero no se preocupe, es muy bueno y obediente. ¡Cuánto le voy a agradecer que me lo enseñe!
El resto de mis alumnos le hacían señas para llamar la atención de aquel niño que de sobra conocían:
-¡Ángel!, ¡Ángel!, siéntate aquí, a mi lado.¡Ven!
Al pequeño Ángel se le caía la cara de miedo, de vergüenza, casi se me arranca a llorar cuando el padre se marchó. Me acerqué a él, y lo acomodé al lado de aquél alumno que él mismo, con su mirada, había elegido. Cuando lo llevaba en brazos, en aquel corto trayecto, le dije al oído para que ninguno de los demás niños lo oyera:
-Ángel, tio grande, desde hoy eres mi alumno preferido y juntos nos vamos a divertir muchísimo.
Aquel niño lisiado me esbozó la primera sonrisa y comenzamos nuestra especial aventura.
Aparte de la enfermedad que le impedía caminar, el niño sufría una tremenda dislexia, y una tartamudez pronunciada, lo que le dificultaba enormente el aprendizaje. Pero Ángel era muy inteligente y, sobre todo muy trabajador, por lo que poco a poco fue avanzando en todos los órdenes. Uno de mis objetivos fue el de que no se sintiera distinto a los demás, el inculcarle que tarde o temprano, su enfermedad sería vencida y podría correr y hacer lo mismo que sus compañeros.
Jugaba de portero, en los partidillos del recreo, arrastrando sus miembros, con una agilidad prodigiosa.
Un día lo vi llegar con un aparatoso artilugio de hierro, que le mantenía las piernas separadas y con el que podía andar realizando un vaivén con las mismas. (Si me lees, amigo José María, tú que eres traumatólogo, me dirás de qué hablo, porque no recuerdo ahora mismo este mal). Lo cierto es que de portero, paso a ser defensa; de tener que ir a todos sitios a cuestas de alguien, a valerse por sus propios medios… Todo conseguido a base de su propia constancia, la de sus padres y la ayuda que entre todos le dábamos. ¡Nunca fue señalado, ni apartado, ni rechazado por su enfermedad! Al contrario, todos le queríamos mucho y es que Ángel hacía honor a su nombre y devolvía el doble del cariño que recibía.
Tuve que abandonar aquella escuelita, después de varios años en los que vi el desarrollo de aquella terrible enfermedad. Como se suele decir no daba “dos duros” por aquel jovencito… Pasados varios años volví por aquellos parajes para visitar a un familiar y, enseguida, mi sobrina me dijo:
-Tío, ¿te acuerdas de Ángel?
-¿Aquel niño que no podía andar? –le contesté.
- Sí, vive aquí al lado… se ha casado y tiene un niño precioso. Espera que le llame, se va a alegrar un montón.
Al rato apareció un joven apuesto, alto, moviéndose con toda soltura, que me dio un gran abrazo al tiempo que me decía:
- “Usted me enseñó que todo se puede alcanzar con el esfuerzo”, a lo que yo contesté:
- “Tú me enseñaste que también hay ángeles que en lugar de volar, se arrastran por el suelo sin perder la sonrisa.

sábado, 3 de enero de 2009

EL AMOR DE LOS GITANILLOS



El amor de los gitanillos

“¿Queréis saber de verdad lo que es cariño? Entonces vais a tener que aprender lo que es el amor. Y nos lo van a enseñar unos gitanillos. La historia que te contaré sirve igualmente para los hijos y para los padres. Todos necesitamos que nos recuerden lo que es amar. Esta vez nos lo van a decir unos churumbeles.

¡Mira!, ¡Ven!, ¡esa es Puerta Elvira, con sus trece almenas! ¡Pasa por ella y tuerce a la derecha! Es el mismo escenario de entonces, lleno de luz. Todo el sol de Andalucía caía por la cuesta de Alhacaba, la cuesta que sube al barrio del Albayzín de Granada.
Aquí, por la izquierda, corría este mismo regato, la misma agua. ¡Mira más arriba! De ahí, de la derecha, de ese mismo Carmen, salieron los dos gitanillos panzudos, protagonistas de este cuento, hecho carne por el amor de los chiquillos.

El más pequeño, muy contento, daba palmadas. Su pelo, ensortijado, caracolillo, le caía sobre la frente. La camisa al aire; no le cubriría más de palmo y medio. Era casi negro, un negro tirando a gris-polvo de carretera.Los pies, descalzos, sobre los guijos del camino. ¿Qué tendría? ¡No más de cinco años! El mayor si alcanzaría los diez.
Con la indumentaria de los hermanos gitanos se hubiera podido cubrir uno por completo. El pequeño llevaba media camisa; el mayor, un pantalón, que sujetaba con un tirante en forma de bandolera sobre la carne negra, de color madera denegrida.
El pequeño danzaba alrededor del mayor. Éste, el de diez años, salía despacio del Carmen de la derecha, con aire procesional, llevando sobre las manos un bote de leche blanca.
Y aquí comenzó el diálogo.

- ¡Siéntate! ¡Primero beberé yo, y después lo harás tú!

¡Si les hubiérais oído! Lo decía con aire de emperador. El chiquillo le miraba con sus dientes blancos, la boca entreabierta, jugando con la punta de la lengua.

Y yo, como un bobo, contemplando la escena.

¡Si vierais al mayor mirando de reojo al churumbel!

Llevó el bote a la boca y, haciendo ademán de beber, cerró fuertemente los labios, para que no entrara en su boca ni una gota de leche blanca.
Después, alargando el bote, decía a su hermano:
- Ahora te toca a ti ¡Sólo un poco!
Y el hermanito pequeño dio un sorbo. ¡Qué sorbo!
- ¡Ahora me toca otra vez a mí! Y repitió la escena, completamente ajeno a mis miradas bobaliconas. Llevó el bote –ya mediado- a la boca, que mantenía cerrada.
- ¡Ahora te toca a ti!
- ¡Ahora me toca a mí!
- ¡Ahora a ti!
- ¡Ahora a mí!

Y con tres, cuatro, cinco, seis sorbos, el churumbel de pelo ensortijado, panzudo, con la camisa al aire, terminó el bote.

El “ahora a ti” y “ahora a mí” me llenaron los ojos de lágrimas.

Entre risas gitanas de fondo, comencé a subir la cuesta de Alhacaba, llena de gitanillos. Mediada la cuesta, volví la cabeza. Tuve ganas de bajar y guardar el bote. ¡Aquello era un tesoro! Pero, ¡ca!,ni siquiera pude intentarlo. Entre borricos cargados de botijos corrían diez churumbeles detrás del bote, dando patadas. El bote saltaba entre los pies negros, descalzos, sucios, de color gris-polvo de carretera. También el generoso jugaba entre ellos, con la naturalidad de quien no ha hecho nada extraordinario, o -¡mejor!- con la naturalidad de quien está acostumbrado a hacer cosas extraordinarias.
(…)
El amor no conoce el tiempo como para detenerse a calcular, en medir, en comparar quién es el que da más.”
En fin, amigo, el capítulo es más extenso y ya sabemos que aquí no podemos extendernos mucho. Este texto está sacado de un viejo libro que leí por primera vez en mi juventud ( “Dios y los hijos”, de Jesús Urteaga -1960. Editorial Rialp”). Todavía se puede encontrar en las librerías. Si tienes interés en educar a tus hijos en las virtudes humanas, te vendrá muy bien su lectura.

jueves, 1 de enero de 2009

RIFIFI Y SUS HERMANOS


Rififí y sus hermanos…

Eran varios hermanos, desde el más pequeño que asistía al parvulario hasta una hermana mayor que tendría sus doce años. Asistian a otro colegio , pero venían al mío al comedor escolar, aprovechando una beca concedida por el Ayuntamiento. Si había cosas con las que podías disfrutar era ésta de ver comer a estos chavales, con ese apetito tan envidiable. Se gozaba simplemente mirando sus caritas de alegría por aquellas viandas que entraban en sus barriguitas. Creo recordar que eran cinco… Todos los días había que darles un buen “fregao” de manos y cara, porque estaban un poquito “dejados” en este aspecto, debido a su situación familiar. Siempre ocurre lo mismo: aunque las instuticiones –escuela y ayuntamiento- poníamos todo de nuestra parte no se podía evitar el influjo negativo de los padres. ¿Por qué no proliferarán las Escuelas de Padres? Creo que se atajarían muchos problemas, yendo directamente a su raíz…
Pues bien, estos padres obligaban a sus hijos para que fueran mendigando por los comercios, mal vestidos, sucios… algo que daba pena en unos niños tan pequeños con esas caritas inocentes, lastimeras… que partían los corazones. Pero claro, de pedir simplemente, a medida que se fueron haciendo mayores, pasaron a llevarse “sin permiso” lo que podían agarrar,constituyéndose en un pequeña banda de ladronzuelos, que pronto lograron ser un verdadero problema para los pequeños comerciantes.
Y , naturalmente, el colegio no iba a ser menos… Nuestro Centro contaba con unas magníficas instalaciones de Comedor, que proporcionaban una comida de calidad a más de 300 comensales, que acudían de los distintos centros que no disponían de comedor escolar. Y como es lógico, constaba de una despensa de lo más surtida y abundante,en la que se guardaban todo tipo de charcuteria, conservas, etc… Un día al entrar por la mañana al colegio, me llegaron las cocineras muy alteradas y preocupadas diciendo que habían robado la noche anterior y que se había llevado de todo… jamones,quesos, salchichones, chorizos… Antes de llamar a la policía, inspeccioné el “lugar del crimen” y descubrimos por dónde habían entrado los ladrones: una pequeña ventana, a unos dos metros del suelo, estaba forzada. Dado el tamaño de la misma, era fácil deducir que quien se introdujo era de pequeño tamaño, o sea, solo pudo ser un niño…
Inmediatamente pensé en mis amiguitos, por lo que rápidamente llamé al director del colegio en el que éstos se encontraban. Al contarle lo sucedido, me dijo: “¡Pedro, ya no me cuentes más. Han sido ellos. Porque esta mañana han venido cargados de chocolate, yogures, petit suisse,etc… y los han estado repartiendo entre los compañeros, y me estaba preguntando de dónde los habrían sacado. Espera un poco que el Jefe de Estudios y yo vamos a ir a su casa para contarlo a los padres…”
Efectivamente, mis compañeros se personaron en la casa de los niños siendo recibidos por el padre que, de buena mañana, no estaba para hacer el control de alcoholemia… Relatados los hechos, el padre montó en cólera porque no se podía dudar de la honradez de la familia y para demostrar su inocencia les llevó hasta la despensa de la casa, mientras les decía muy enfadado:
- ¡Señores, en esta casa no se necesita robar para comer, porque gracias a Dios, nos sobra de todo, y para que ustedes puedan comprobarlo miren aquí! Y les mostró una despensa llena a rebosar con todos los artículos que antes yo les había detallado y que, inequívocamente pertenecían a mi Colegio.
Inmediatamente se avisó a la policía que, como se puede imaginar, rescató parte del botín ya que el grueso ya había sido “engullido” o repartido generosamente…
Los chicos fueron creciendo y a la misma velocidad el tamaño de sus fechorías, llegando a grandes robos, incluso a bancos. Tengo noticias de que el pequeño falleció por sobredosis, y los otros andan por la cárcel… una previsible desgracia.
Una vez leído este comentario, ¿alguien podría responsabilizar concretamente a la familia, a la escuela, o al ayuntamiento de esta situación?

domingo, 28 de diciembre de 2008

¿CÓMO ERAN LOS BOTELLONES EN MI JUVENTUD?


Para terminar antes, hay que decir que no existía esa necesidad. En los pueblos la juventud se conocía sin ser obligadas las reuniones de fin de semana, ni nada por el estilo. Los jóvenes habían asistido al mismo colegio, vivían a diario el contacto, al menos “visual”, en los paseos de la calle mayor, participaban en las fiestas populares, de vez en cuando, con motivo de santos o cumpleaños, se organizaban pequeñas fiestas en la casa de algunos, con el permiso y “supervisión” de la familia –eran los típicos “guateques”, que proliferaban más en las ciudades-, etc. El objetivo principal era el de “buscar novia”, que a nadie o casi a nadie, le pasaba por la cabeza el conseguir un “plan”, sino pasárselo divertido, bailar –si te dejaban- y tomar algunos de aquellos refrescos que ya las madres preparaban. ¡Hombre!, algunas trampas se hacían, pero no pasaban de simples anécdotas…

¿Beber,fumar? Una y otra cosa siempre se hacía a escondidas de los mayores, cuya autoridad era casi tanta o más que la de los padres, puesto que éstos siempre se fiaban más de la persona que le contaba alguna “fechoría” de sus hijos que de ellos mismos. La juventud – por lo menos hasta los 18 años- no entraba a los bares entre otras cosas, porque no les iban a servir nada, y menos si era conocido… Y fumar, siempre a escondidas, porque si te veía algún conocido ya se te podías ir preparando al llegar a casa…
Beber o fumar era algo que se conseguía con más o menos libertad con la mayoría de edad. Beber o fumar o ambas cosas, eran signos de hombría, de madurez y, por el contrario, era algo mal visto en las mujeres. Para ellas, fumar era muy poco femenino y la que se atrevía a hacerlo corría el riesgo de que la llamaran “marimacho” o algún calificativo mucho peor, e igual sucedía con la bebida, que debía limitarse al consabido refresco.
La “mayoría” de edad, cuyo punto culminante se establecía al volver de la “mili” –en donde se afirmaba que nos hacíamos hombres-, llevaba a los jóvenes a estabilizarse en un trabajo y formar una familia, con lo que, como puede adivinarse, se acababan las “juergas” y correrías nocturnas, ya que el trabajo y los bebés, no dejaban lugar a ello; también porque estaba mal visto que un casado/a apareciese por algún “sarao”, simplemente para tomar una copita. Y , bueno, de la droga no hablo porque prácticamente no existía, estaba penada, y a nadie se le pasaba por la cabeza ni siquiera probar…la “cultura del porro” llegó con la democracia.
O sea, que la “cultura del botellón” brillaba por su ausencia. ¡Que pena! La de cosas que no aprendimos los de aquellas generaciones. Por ejemplo:
- Nuestro hígado no tuvo ocasión de cargarse de alcohol y la única frase alusiva al tema era: “Hoy he trabajado hasta echar “los higados”.
- Nuestros pulmones no sabían lo que era eso de la nicotina, y podías correr detrás de las perdices, hasta cansarlas, subirte a los árboles en busca de nidos, jugar dos o tres partidos de fútbol al día…
- Para “alucinar”, pues tenías en el cine a Brigitte Bardot, Sofía Loren, Silvana Mangano, Rita Hayworth… De verdad, se te ponían los ojos como platos, y sin un humo… plenamente consciente.
- No teníamos “móvil” pero había que “moverse” bastante para pasar los msg´s. “¡Oye, avisa a los de la panda que esta tarde a las cuatro nos vemos en el “Peñón de la Zorra”! (Lugar geográfíco de mi pueblo, testigo de numerosas aventuras – no confundir con el sinónimo figurado de “zorra”-)
- No teníamos “pasta”, pero seguro que entre los de la panda nos daba para reunir unas pesetillas para medio litro de vino peleón y un puñado de abellanas… o, en algunas ocasiones, para una gaseosa de litro, de la que un amigo mío decía: “¡No emborracha, pero te riza el pelo!”
Bueno, bueno… la verdad es que eran otros tiempos y ya sabes, querido amigo, que no me gusta comparar. Lo que sí me gustaría es que, entre todos, y si tú me ayudas, podamos analizar un poco este fenómeno del botellón y las consecuencias educativas que podamos extraer. Cuento contigo para un próximo capítulo… Un abrazo, Pedro.

lunes, 22 de diciembre de 2008


El Gordo y el Flaco
Supongo, querido amigo, que te has leído la entrada anterior referente al alumno superdotado. No tiene desperdicio. Pero ya sabes que yo prefiero explicarte las cosas a ras de suelo, con mis experiencias, mis anécdotas… Ciertamente uno no se encuentra a un superdotado “de película” cada dos por tres. Mozart, Newtom, Madame Curie, Einstein… no son casos que se dan frecuentemente, pero si es cierto y comprobado que un 2% de la población tiene un coeficiente intelectual superior a 130, lo que nos hace encontrarnos a los educadores con algunos de estos “cerebritos” con bastante frecuencia. ¿Y existen medios para tratar debidamente a estos niños? “Haberlos, háylos”, pero no al alcance del sistema. Desgraciadamente, la LOE actual y los anteriores sistemas han dado en “igualar” a los alumnos “por abajo”, incluso con una profusión de medios para aquéllos que están muy por debajo de la media, e ignorando –con todas sus letras- a los que también necesitan una “educación especial” porque, si ésta no se lleva a cabo, se perderán muchas mentes privilegiadas que podrían ser muy útiles para la sociedad. En este sentido, como profesional, lo he visto y comprobado en muchos de mis alumnos, que, bien por la desidia de los padres, bien porque no han tenido a mano el apoyo del sistema educativo, han echado a perder sus más preciadas expectativas de futuro.
Vienen ahora a mi mente dos alumnos –de los que dejan huella-, que casi corrobora todo lo que te he expuesto anteriormente. Roy era un alumno delgadito, que se empleaba con verdadera afición a la resolución en la clase de los ejercicios diarios. Dada su inteligencia, terminaba el primero y con vehemencia pedía la corrección de los mismos. En unos casos porque, terminado el trabajo, se aburría; en otros, porque le gustaba mostrar su superioridad ante los demás, a los que, con frecuencia solía ridiculizar. Era muy poco compañero y presumía de autosuficiente, hasta el punto que ni a mí mismo me escuchaba cuando la mayoría de las veces, aún admitiendo que sus ejercicios estaban bien resueltos en su resultado final, adolecían de algunos defectos, como limpieza, presentación, y lo que es más, el haber utilizado métodos inadecuados para alcanzar la solución. Nunca pude meterle en la cabeza que una simple ecuación podría resolver un problema, que a él le había costado dos o tres folios de pruebas inútiles, aunque al fin llegaba a dar con el resultado. Le llamaba cariñosamente “mi tortuguita” para contrarrestar su rapidez mental. Siempre le tenía preparados ejercicios de ampliación, para que no se aburriese, pero el muy “puñetero” no había forma de meterle un solo método de trabajo.
Era un fenómeno en Matemáticas y un desastre en lo demás. Así que no tuve más remedio que seleccionarlo para que se presentase a un certamen nacional de Matemáticas, que realiza anualmente una institución valenciana. Mi tortuguita iba a recibir una lección, que nunca olvidaría

Roy se presentó al Certamen de Matemáticas. Con lo desastre que era para la presentación de los trabajos, yo esperaba que a la primera de cambio lo echaran para atrás. Pero ¡que va!. Pasó sin problemas la primera fase y ya quedó seleccionado para optar a la fase nacional. La prueba siguiente se realizaría al cabo de un mes, con lo que dediqué una hora extraescolar para tratar de mejorar la presentación de sus trabajos y seguir insistiendo sobre los métodos de cálculo, que él hacía mentalmente o con lo que se ha venido en llamar “la cuenta de la vieja”. Sólo le faltaba al bribón –con cariño- contar con los dedos…
Llegó el día de la prueba y,¡oh casualidad!, tuvo que resolver un problema cuyas protagonistas eran dos tortugas. Un simple problema de móviles, que se resuelven con una sencilla ecuación de primer grado. Pero mi “tortuguita”, erre con erre, siguió con su cuenta de la vieja y echó todo el tiempo en este problema, dejando los otros cuatro sin resolver, por falta de tiempo. Ya en clase, y una vez le demostré que la ciencia está para algo, se convenció y adoptó una postura más humilde. Le dije: “Roy, no sólo hay que saber, sino llevar el camino adecuado para llegar a la sabiduria. En caso contrario, muchas veces te verás tirado en la cuneta.”
El caso del “gordo” era casi la antítesis de Roy. Su anatomía pícnica, su carácter afable, su manifiesta humildad, hacían de Ruy una persona encantadora. A veces te sentías ante él como ante un oso de peluche voluminoso al que dan ganas de abrazar. Quería a todos y se hacía querer por todos. Procedía de una familia muy humilde y de posición económica bastante precaria, por lo que siempre había que estar ayudándole con los libros de texto y resto del material.
No sólo destacaba por su inteligencia, sino, sobre todo, por su capacidad de trabajo. A diferencia de Roy, no sólo se le daban bien las ciencias sino todas las demás asignaturas. Incluso quería sacar sobresaliente en alguna que, dada su constitución física, era imposible que lo consiguiera. Me refiero a la Educación Física. Nunca se negaba a hacer ningún ejercicio, a pesar de que yo le dispensara de ello. Lo peor era el salto del plinto, del caballo… ¿Que no podía saltarlos? Pues se estrellaba contra ellos y se los llevaba por delante… pero no se arredraba por ello, siempre quería repetir…
Estuve en casa de Ruy. En su habitación apenas cabía su cama y una mesita, y en ella le instalé un viejo ordenador que ya no necesitaba y que le regalé… Uno de esos ordenadores que había que cargar el sistema con un disco blando de 5 ¼, y seguir cargando el resto de programas de la misma manera. Ruy se aficionó a la informática y realizaba sus trabajos con un pulcritud envidiable, y que yo tenía que sacarle después por mi impresora.
Muchos años después he visto a mi “gordo” bien colocado en la Administración, feliz y agradecido. Sólo me permití sugerirle un consejo: “Ruy, más tarde o más temprano, las personas honradas y trabajadoras como tú, acaban por triunfar”
Ruy y Roy, el “gordo y el flaco”, casos para reir o llorar… Así es la vida.

jueves, 18 de diciembre de 2008

PROFE, ¿ME DAS UN CIGARRILLO?


Profe, ¿me das un cigarrillo?

Un buen maestro, querido amigo, debe conocer, en primer lugar, la tipología de su alumnado. Es más, debe conocer a sus alumnos uno por uno, con todas sus virtudes y sus defectos, lo que se logra con una observación intensa a lo largo de todo el curso, de toda la escolaridad… Por esto es importante la labor de un buen tutor que se extienda a lo largo de más de un curso y que deje constancia de sus observaciones en el registro acumulativo del alumno, que no debe dedicarse solamente a recoger datos personales y académicos, sino también a todas aquellas observaciones psicológicas de su personalidad.
Con carácter general podíamos establecer una tipología básica del alumnado en: superdotados, normales, infradotados o bien caracteriológicamente en : alumnos difíciles, problemáticos, tímidos, espontáneos, irreflexivos, pasivos, hiperactivos, etc, etc… Casi se podría decir que cada alumno es único y que tiene alguna característica que nos llevaría a encasillarlo en alguna de las anteriores clasificaciones, pero al mismo tiempo tiene otras facetas que hay que examinar con detenimiento para darle el tratamiento adecuado.
A lo largo de mi extensa carrera en la educación puedo decir que he visto de todo, pero como mejor se explica y se entiende un problema es descendiendo al terreno práctico, por lo que me propongo exponerte en los próximos capítulos varios ejemplos reales y la manera que tuve de hacerles frente.
Empezaré por un caso extremo: el de un alumno totalmente negado a trabajar en clase, dedicado a molestar tanto a sus compañeros como a los distintos profesores que le atendíamos.
Ray -le nombro así para ocultar su nombre- era un chico bastante agraciado físicamente, con un retraso más que notable en su escolaridad, fruto seguro del abandono anterior al no haber encontrado el resorte que le hiciera reaccionar para avanzar en su aprendizaje, que le llevaba a aburrirse en clase pues era incapaz de seguir el ritmo, al carecer de base. Los distintos profesores trataban de buscarle ejercicios adecuados a su nivel educativo, pero esto le sublevaba aún más, ya que se veía realizando ejercicios de niños muy pequeños, cuando él se consideraba “todo un hombre”. Aquello era una humillación para su ego…El resultado fue que aumentó su ostracismo y su agresividad.
Reunidos los profesores de nivel decidimos hacerle una ficha de seguimiento que consistía en cada uno de nosotros valorara su trabajo y conducta en su hora de clase. Esta ficha se mostraría a los padres una vez por semana, o cuando se estimara conveniente. No dio resultado…así que tuve que hablar con sus padres para tratar de averiguar qué podría motivar a su hijo para que hiciera algo en clase. Aparte de que descubrí que Ray tenía un padre aficiones “etílicas” y una madre que estaba todo el día fuera de casa -supongo que trabajando, lo que ya me daba algunas razones para comprender la actitud del niño-, pude averiguar que le encantaba dibujar, sobre todo dibujos animados.
Bien, ya tenía por dónde empezar, por lo que propuse a Ray que su trabajo, de ahora en adelante sería hacerme ese tipo de trabajos. Recuerdo que me hizo un cómic y también una animación de un hombre encendiendo un cigarro. Fue un buen comienzo, su conducta empezó a mejorar, pero todavía seguía dando problemas, así que se me ocurrió ofrecerle cien pesetas por cada día que me presentara su ficha de seguimiento sin una nota negativa, y que le restaría también la misma cantidad por día que no lo consiguieraa. Cual fue mi sorpresa cuando al final de cada semana tenía que desembolsar, la mayoría de las veces, quinientas pesetas “del ala”. Resultado, la conducta mejoró, Ray empezó a hacer trabajos que antes no le gustaban, y el estado general de la clase mejoró también notablemente. Pero claro, mi bolsillo cada día estaba más débil…
Mi siguiente paso fue llamar a los padres. Acudió solamente la madre –o como se va a llamar ahora “el progenitor B”- a la que di cuenta de la mejoría tan notable en la conducta de su hijo y cómo se había producido. Mi idea era que la familia se hiciera cargo de este “incentivo” pues yo ya había hecho bastante…Si no podían, que buscasen otro que le ilusionase. Desgraciadamente, el resultado fue negativo. La madre se hizo la loca, como si no se enterara y no colaboró…aunque el fruto no se perdió. Hablé con Ray, con el que ya me unía una buena amistad, y no sólo me comprendió sino que me prometió seguir esforzándose en el trabajo.
Diré que Ray ya había cumplido los catorce años, por lo que era casi todo un hombrecito. Y claro, cuando tuvo más confianza conmigo, un día, al salir de clase, me sorprendió con esta petición: “Profe, ¿me das un cigarrillo?” ¿¿¿¿????¡¡¡¡¡!!!!!