jueves, 6 de noviembre de 2008

EL ALEJO (Uno de mis primeros alumnos)


EL ALEJO” (Uno de mis primeros alumnos)

Era mi primer día de clase. Los niños, nerviosos, se arremolinaban a la puerta de la escuela, un edificio de una sola planta que contaba con dos clases y una casa para el maestro. La puerta de la clase de niños daba al campo, una amplia campiña en la que el trigo, el algodón, la remolacha, la alfalfa, se alternaban en grandes parcelas, produciendo copiosas cosechas gracias a la buena organización de esta Finca Agrícola, que poseía el premio de Explotación Modelo en España…
Nunca mejor aplicable el dicho de que “estábamos en medio del campo”. Eran las nueve de la mañana y los niños, al verme aparecer, ponían toda clase de caras: curiosas, espectantes, miedosas, despectivas, ilusionantes… Un unísono “¡buenos días, señor maestro!” me recibió con cierta amabilidad y yo me dispuse a abrir la puerta con aquella llave enorme, digna sucesora de las de San Pedro. En un abrir y cerrar de ojos, aquéllos que un momento antes parecían borreguitos miedosos, se precipitaron en tropel hacia el interior de la clase, saltando sobre las mesas y sillas, y tratando de escoger los mejores sitios –según ellos- . Se produjeron algunas disputas y nadie parecía darse cuenta de mi presencia, como si no existiera… En un momento dado, y bajo el jolgorio generalizado, dí un fuerte golpe en la mesa con una regla, que dejó a aquellos fierecillas como petrificadas. Me miraron con una curiosidad expectante, mientras yo guardaba silencio y les miraba uno a uno con aspecto entre serio y amable. Entonces dije: -“ Niños, habéis entrado a clase como animales así que, vamos a salir afuera, y formaremos una fila delante de la puerta, todo esto sin prisas, sin alborotos, sin peleas. ¿Habéis entendido? “ Un “siiiii” apagado y poco creible dio paso a la salida de clase y a la formación de la fila.
Yo creo que en aquel momento ya se dieron cuenta de una de mis “manias” :EL ORDEN. Aproveché la ocasión para darles una serie de normas de entrada a clase y parece que me entedieron.
Con la lista que se me había facilitado, les fui nombrando uno a uno para que entrasen a clase y se sentasen según edades –esta escuela era unitaria, es decir había alumnos de todas las edades-, como ya antes había estudiado. Al pronunciar el nombre de Alejo García, unas sonrisitas malignas aparecieron en las boquitas de mis “angélicos” alumnos… Una vocecita me explicó que este alumno no vendría en unos días, pues se encontraba de viaje. No le dí importancia y seguí explicando a los niños las normas esenciales que todos debíamos tener en cuenta y respetar. Pero siempre que se presentaba alguna cuestión que tuviese que ver con la disciplina, las buenas maneras, etc… volvían a aparecer las sonrisitas, oyéndose a veces “Se va a enterar el profe cuando venga El Alejo…” Aquello comenzó a intrigarme, ya que esta situación se repetía un día y otro. Comprendí que el chico debía de ser un lider de la clase, ya que todos le admiraban y le temían, de modo que comence a indagar sobre la personalidad de este “sujeto”. Me hice una idea y me tracé mi propio plan para cuando se presentase en clase, hecho que sucedió a los pocos días…
Cuando toda la clase hubo entrado aquella mañana, apareció un ya casi muchachote en la puerta, con las manos en los bolsillos, sin ningún tipo de material escolar, y en una actitud, yo diría que como “desafiante”… Era lo más parecido a la típica escena de las películas del Oeste, en que el pistolero entra en la cantina mientras todos se quedan congelados mirándole con una cara mezcla de angustia y miedo… Era Alejo,-me supuse-. Un chico ya mayor, posiblemente el más veterano de la clase, vestido con pantalones largos, camisa y tirantes negros, unas abarcas de goma. Me fui hacia él y le pregunté:
- “¿Eres tu Alejo?”
- “Sí, maestro, ¿cómo me ha conocido?”
El pobrecito no imaginaba que yo sabía ya de él hasta el número de las abarcas… Le dí un abrazo y con entusiasmo le fui hablando, con la mano por el hombro, mientras entrábamos en la clase, entre la general sorpresa de los demás chicos.
- “Tenía ganas de conocerte, Alejo. Me han hablado tanto de ti… ¿Sabes? , he pensado que tu y yo vamos a ser grandes amigos y que me vas a ser de gran ayuda para la clase. Tú vas a ser mi secretario, ¿qué te parece?”
Alejo, que estaba desorientado por el recibimiento, ya que, según me contaron, siempre lo tenían castigado, recibía más palmetazos que nadie, estaba más veces expulsado que en la clase, no acertaba a decir palabra. Creo que le gustó que alguien confiara en él, que le dieran alguna responsabilidad, que se sintiera algo distinto al sambenito de “matón de la clase” que le habían colgado. Después comprobé que era casi analfabeto lo que constituyó todo un reto para mi recién iniciada carrera. No sólo tenía que ganarme al chico para que se integrara en la clase, sino que adquriese confianza para ir aprendiendo poco a poco. Las primeras lecciones tuve que dárselas a escondidas, porque tenía vergüenza de leer en la Cartilla delante de todos. Alejo fue superándose y yo comprendí, en mi primera clase, en mis primeros alumnos, en mi primera escuela, que el amor y la comprensión hacia el niño es la mejor pedagogía.

(Equipo de fútbol de la clase. Entre ellos , Melchor, que llegó a jugar en 1ª división con el Betis)

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